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Construir un centro político con identidad ideológica: una tarea pendiente

Publicado: 2022-01-07


La necesidad del centro político y la virtud de la moderación

En reciente entrevista publicada en El Comercio, Felipe Ortiz de Zevallos destaca la crucial importancia del centro político en cualquier sociedad; y, frente a la afirmación del político colombiano Gustavo Petro de que “el centro no existe”, responde que el centro es consustancial con la política.

Según Ortiz de Zevallos:

La izquierda, sobre todo la más extrema, tiende a la transgresión impune, a la violencia destructiva, a lo incendiario. La derecha, por su parte, al inmovilismo, al estatus quo, al congelamiento. Entre ellas se requiere de un espacio público intermedio de reflexión y debate. Porque cuando una sociedad pierde su centro, la política deja de existir en ella. Regresamos a un estado pre político, al de la guerra casi. No conviene ser parte de una sociedad sin centro.

La necesidad del centro político se relaciona con una virtud política esencial para la existencia, funcionamiento y subsistencia de la democracia: la moderación. Como advierten Ricardo Falla y Gonzalo Gamio, en su artículo “La necesidad de los ´centros políticos´”, aunque la moderación política ha sido acusada de “tibieza”, “mediocridad” o “indefinición”, por el contrario, pretende evitar mayores desastres y trata de involucrar al mayor número de personas a un proyecto de convivencia compartida, pues las intenciones políticas moderadas asumen, con realismo, la pluralidad inherente de la sociedad.

Explicando el surgimiento histórico de la necesidad de la moderación en la política, Falla y Gamio refieren que:

(…) después de cada proceso revolucionario (imposición de una agenda única no plural), ha seguido una contrarrevolución en diversos planos, que desconoce las injusticias que causaron tal revolución. En ese sentido, y considerando que no existen fórmulas universales para evitar el conflicto entre las fuerzas revolucionarias y reaccionarias, es un imperativo ético construir una alianza entre los centros de las izquierdas y de las derechas, que logren concertar una agenda política de reformas sostenibles en el largo plazo y permita el crecimiento económico junto a la reducción sustancial de las desigualdades y de las exclusiones.

La necesidad de un centro político con identidad ideológica

Ahora bien, como advierte correctamente Juan Carlos Tafur en su columna “Centro republicano y liberal”, publicada recientemente en Sudaca, es necesario configurar ideológicamente ese centro:

No se trata de instituir una constelación promedial, sin controversia ni zanjamiento en cuestiones cruciales. Se busca un centro, no un punto medio aguachento. (…) En esa perspectiva, la única manera de que el centro no sea tan solo un polo inercial, carente de sentido reformista, es que se imbuya de una ideología liberal, capaz de plantear reformas estructurales importantes para la profundización del capitalismo competitivo (no el mercantilista que nos define) y, a la vez, para la institucionalización operativa de la democracia (no el sistema político electoral vacío de representación eficaz que hoy nos caracteriza).

Tafur plantea la necesidad de construir un centro republicano y liberal. Yo añadiría las características de progresista y reformista a ese centro. Necesitamos, pues, un CENTRO CON IDENTIDAD IDEOLÓGICA, un CENTRO REPUBLICANO, LIBERAL, PROGRESISTA y REFORMISTA, no un punto medio aguachento o un polo inercial sin sentido reformista. Por cierto, se necesita precisar el sentido o alcance de dichos términos –“republicano”, “liberal”, “progresista” o “reformista”–, cuya polisemia puede ser problemática.

Lo republicano alude, por un lado, a la necesidad de construir una auténtica república o sociedad de ciudadanos libres e iguales, en que la igualdad no solo sea formal o ante la ley, sino que implique una cierta igualdad de oportunidades o condiciones (equidad) que garantice a cada ciudadano las bases materiales mínimas que les permita realizar sus respectivos proyectos de vida. Bajo la concepción republicana, también, se concibe a la libertad como no dominación, de lo cual se deriva la necesidad política de combatir todas las formas de discriminación, exclusión social o segregación de unos sectores sociales sobre otros, como el racismo, el machismo, el clasismo, etcétera.

Lo liberal –para poder ser considerado parte de ese centro con identidad ideológica–debería diferenciarse claramente de las versiones degeneradas del liberalismo primigenio, como el neoliberalismo, el libertarismo o el anarcoliberalismo. En tal sentido, ese liberalismo debe entenderse en sus dimensiones política y económica bajo los siguientes términos. En su dimensión política, relacionada con la libertad expresada en la titularidad de derechos individuales (de los que se derivan en evolución posterior los derechos humanos), la autonomía de las esferas sociales, la defensa irrestricta de la democracia y el pluralismo político. En su dimensión económica, vinculado a una economía de mercado sustentado en la libre competencia y, por tanto, contrario al mercantilismo, a los monopolios y –como diría el profesor Carlos Parodi– a la “economía de contactos”.

Lo progresista, en principio, puede definirse como la actitud política contraria al conservadurismo. En tal sentido, el progresismo propone cambios sociales para mejorar las condiciones de los sectores menos favorecidos o afectados por el statu quo. En tal sentido, el progresismo se relaciona con las luchas de diversos movimientos como el feminismo, la sexodiversidad o el ecologismo.

Lo reformista alude a la necesidad de que el ejercicio del poder no implique solo la administración del aparato del Estado, sino que, desde el poder, se impulsen los cambios necesarios para mejorar las condiciones de la comunidad política e incrementar el bienestar general. En tal sentido, el reformismo también es opuesto a mantener el statu quo, pero, a la vez, propone que los cambios se realicen dentro de los cauces de las instituciones democráticas y republicanas, prescindiendo de la violencia revolucionaria.

Aunque existen matices y énfasis diversos, hay muchos puntos de encuentro entre los mencionados “liberalismo”, “republicanismo”, “progresismo” y “reformismo”. Por supuesto, puede discutirse el sentido y alcance de cada uno de dichos términos o, incluso, prescindirse de alguno de ellos por ya estar subsumido en otros, o incluirse alguno otro que no estemos considerando. De lo que no se puede prescindir es de la tarea de construir un centro con identidad ideológica.

Ese centro con identidad ideológica –como destaca Tafur– puede albergar un ala derecha y un ala izquierda, dependiendo de cuánto papel se quiera otorgar al Estado en aspectos como salud, educación, políticas sociales, derechos ciudadanos, etcétera. Y debe también convertirse en un polo de atracción creciente de filiaciones izquierdistas y derechistas que vayan migrando de posturas disidentes o reaccionarias, hacia fórmulas de cambios importantes, pero dentro de la gradualidad y moderación que exige la democracia.

El centro político con identidad ideológica hay que construirlo

Sin embargo, ese centro político con identidad ideológica –que el Perú requiere para recuperar la utopía bicentenaria (Tafur dixit)– no existe aún como una realidad viable políticamente. Al respecto, como señalan Falla y Gamio:

Se echan de menos en el Perú la presencia de un centro político y de sus proyecciones tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Necesitamos una derecha liberal y una izquierda progresista, perspectivas que hagan posible la superación de idearios insensatos y autoritarios en favor de una comprensión democrática de la vida común, centrada en el autogobierno ciudadano, la distribución del poder y el respeto de la diversidad al interior de una sociedad compleja. Las posiciones políticas de extrema derecha y de extrema izquierda defienden hoy por hoy agendas claramente desfasadas, si no funestas.
(…)
Los movimientos de centroizquierda y de centroderecha con presencia en el sistema político y en las instituciones de la sociedad han debilitado su protagonismo dada la fragmentación política en la última campaña y los efectos nocivos de la pandemia para la salud y la economía de nuestros compatriotas. No obstante, ante la evidencia de la terrible situación de polarización de los últimos meses y el fortalecimiento de propuestas autoritarias en ambos extremos del espectro político, un sector importante de la ciudadanía exige recuperar la capacidad de discernimiento y buen juicio en la esfera pública.

Entonces, construir ese necesario centro político con identidad ideológica sigue siendo una tarea pendiente. Ciertamente, existen varios esfuerzos en ese sentido, dentro de los que podemos identificar a la Confluencia Perú (proyecto político en el cual militamos), al Partido Morado, al Partido del Buen Gobierno o al partido Hacer País; sin embargo, tales esfuerzos resultan aún escasos y, por lo menos en este momento, no han logrado la fuerza orgánica y arraigo social suficientes para poder ser viables política y electoralmente.

En 1902, Vladimir Lenin publicó su “¿Qué hacer?”, una especie de manual en que el líder revolucionario ruso presentó sus propuestas sobre la organización y la estrategia para la construcción de un partido revolucionario. En el Perú de hoy, quienes sostenemos la necesidad de un centro político con identidad ideológica, como condición para recuperar la utopía bicentenaria y cumplir con la promesa de la vida peruana o promesa republicana a la que se refería el gran amauta Jorge Basadre, debemos elaborar nuestro propio “¿qué hacer?” y definir, en conjunto, la estrategia para poder ofrecerle al país esa alternativa de centro político capaz de realizar las grandes reformas que el Perú requiere y reclama.

En perspectiva histórica, eso pasa por asumir el reto de constituir la élite republicana a que se refiere Basadre en “La promesa de la vida peruana”; cuya misión debiera ser comandar:

Comandar no es sólo impartir órdenes. Es preparar, orientar, comprender las situaciones que han surgido y adelantarse a las que van a surgir, unir a la fuerza de la voluntad el sentido de la coordinación, vivir con la conciencia del propio destino común, sentir la fe en lo que puede y debe ser, en aquello por lo cual es urgente vivir, y por lo cual, cuando llegue el momento, es preciso morir. (…) En relación con la masa, la élite necesita ahondar y fortificar su conciencia colectiva, crear su unidad consciente, interpretar y encarnar sus esperanzas, atender a sus urgencias, resolver sus necesidades, desarrollar sus posibilidades, alentar sus empresas, presidir sus avances, defenderla de los peligros que vengan desde afuera o desde adentro.

Esa élite política –conforme anota el maestro tacneño– ha sido una gran ausente en nuestra historia republicana. De ahí que la tarea de construir el centro político con identidad ideológica a la que nos referimos sea, asimismo, la tarea de constituir, por fin, la elite republicana que el maestro Basadre reclamaba.



Escrito por

Carlo Magno Salcedo

Abogado. Constitucionalista. Profesor de Ciencia Política (San Marcos) y Derecho (San Martín). Político. Cocinero. Cumbiero intelectual.


Publicado en

Cuestiones de la Polis

Derecho, sociedad, cultura y política en el Perú y en otras polis del mundo.