reconoce sus orígenes

Carlos Meléndez, el antirrepublicano

Meléndez se ha convertido en un académico con agenda política fujimorista. Parece que está naciendo una versión más sofisticada del “pensamiento Becerril”. Más sofisticada y con tinte académico, pero igual de maniquea y mentirosa.

Publicado: 2017-09-29

El Perú se fundó como una República, lo que implicaba una promesa: que seríamos una comunidad política de ciudadanos libres e iguales, que garantizaría a todos sus miembros un mínimo de bienestar material que les permita desarrollar sus respectivos proyectos de vida o de felicidad. Ello pasaba por consolidar la institucionalidad democrática y reglas de juego iguales para todos, suprimir los privilegios indebidos para algunos en desmedro del resto de la sociedad, y desterrar la cultura patrimonialista –una de las principales causas de la corrupción– por la cual políticos o funcionarios consideran al bien público como parte de su patrimonio personal. 

Han transcurrido casi 200 años y la promesa republicana permanece incumplida y eso es, principalmente, responsabilidad de quienes han conducido los destinos de la patria, que nunca llegaron a ser auténticas élites comprometidas con el desarrollo nacional y que, por el contrario, medraron y siguen medrando de los bienes públicos. Ello se evidencia en el hecho que todos nuestros ex presidentes vivos están involucrados en graves casos de corrupción, claro indicador del estado de putrefacción de nuestra clase política. Por ello, a pesar del crecimiento económico, la patria no emprende la senda del desarrollo y mantiene a millones de peruanos como ciudadanos de segunda categoría, que no pueden ejercer efectivamente sus derechos ni acceder a condiciones mínimas de bienestar. Por ello cumplir con la promesa republicana es la principal tarea política de nuestros tiempos.

Carlos Meléndez, quien de un tiempo a esta parte se ha convertido en una especie de intelectual orgánico del fujimorismo, reconoce implícitamente la fuerza ideológica de la propuesta republicana como alternativa a la corrupción patrimonialista, al lobbismo rentista y al populismo. Según Meléndez:

El “ideal republicano” –discretamente definido como institucionalidad democrática basada en el reconocimiento de una comunidad de iguales– ha reaparecido como obsesión en un sector de nuestra élite. Es música para los oídos liberales en contextos de corrupción patrimonialista (Lava Jato), lobbismo rentista (ppkausismo) y remake populista (fujimorismo). La reedición de “La utopía republicana”, de la embajadora Carmen McEvoy, sirve de flash-back académico. Alberto Vergara lo había anticipado hace algunos años en “Ciudadanos sin república”: uno de cada cuatro peruanos estaría ávido de esa política republicana. Steven Levitsky azuzó desde sus columnas la correspondiente “coalición paniaguista” (sic), que habría encontrado en Julio Guzmán su esperanza refundadora. De hecho, “The Economist” ha ascendido al ‘moradito’ al elenco de líderes latinoamericanos centristas comprometidos con el “gradualismo, pluralidad y racionalidad” que servirán de dique a la ola populista. Estamos, estimado lector, a salvo: hemos (re)encontrado la cura definitiva para el cáncer de la barbarie y el autoritarismo.

Sin embargo, para Meléndez la propuesta republicana es puro verso, puro floro, buenas intenciones que nunca se concretarán, por razones y evidencias como las siguientes:

1. Meléndez recuerda que “Kuczynski finalizó su primer discurso como presidente invitando a los peruanos al compromiso con la patria, “con el sueño republicano” iniciado con la independencia. “Una sola república, firme y feliz por la unión”, clamó en plena algarabía de una platea emocionada con el ‘floro’ republicano.”

Lo que maliciosamente no dice Meléndez es que PPK es un pésimo ejemplo de republicano. Como el mismo Meléndez señala, PPK es un lobbista rentista. PPK no tiene ni la convicción ni la fuerza política para emprender ningún proyecto republicano. El remedo de partido que tiene y su patética bancada no cuentan como fuerza política. Por ello, su discurso republicano fue puro floro.

2. Según Meléndez, “no existe crecimiento económico sostenido ni instituciones políticas que valgan la pena fantasear, con una sociedad con un 70% de informalidad”. En una sociedad así, en que predomina un chip individualista antiestatal del peruano promedio, “la promesa del Primer Mundo es una broma pesada y la utopía republicana, puro floro”. En ese sentido, Meléndez descalifica la propuesta de que la brecha entre el atraso y la “república con crecimiento” se acortará con educación o reformas profundas; y considera que la fórmula republicana (“igualdad y ciudadanía”), tal y como está planteada, no es fructífera porque le falta esa conexión a tierra que los conservadores han encontrado en la vía emotiva (motivaciones e identidades que guíen la interacción social).

En suma, para Meléndez solo queda resignarse a la informalidad y a seguir viviendo en una no república, dominada por la corrupción patrimonialista, el lobbismo rentista y el populismo fujimorista; una no república en que el 70% de informales serían representados por los conservadores [“el fujimorismo”], porque estos sí habrían hecho conexión emotiva con ellos.

3. Según Meléndez, nuestras élites tienen todo el derecho a soñar despiertas. En ese sentido, dice, “los liberales políticos ya alcanzaron –al menos en sus tertulias con vista al mar– el pacto republicano.” Esas élites, frente al problema de la informalidad, “más que proyectos colectivos, promueven pastillas de optimismo, ensayos de autoayuda cívica con escasa utilidad práctica para quien diseña políticas y administra el Estado”.

Quizá en este punto el discurso de Meléndez pueda tener cierta utilidad. La concreción de la promesa republicana, ciertamente, no será resultado de tertulias con vista al mar o de “republicanos de café”, ni de pastillas de optimismo o ensayos de autoayuda cívica. El cumplimiento de esa promesa pasa por la ejecución de proyectos colectivos promovidos por ciudadanos virtuosos, lo que implica la construcción del sujeto político (partido) o, como diría Jorge Basadre, de la élite política encargada de comandar esa noble tarea. Es precisamente esa la tarea que hemos emprendido miles de ciudadanos de todo el país, que día a día venimos construyendo el Partido Morado. No por nada “The Economist” ha ascendido al ‘moradito’ Julio Guzmán al elenco de líderes latinoamericanos centristas comprometidos con el “gradualismo, pluralidad y racionalidad”.

NOTA FINAL: Desde hace un tiempo Carlos Meléndez ha emprendido una campaña para tratar de desprestigiar o perjudicar al Partido Morado y a su promotor nacional. Un par de botones de muestra:

1. En un tuit del 8 de febrero pasado, Meléndez acusa de lobista a Julio Guzmán: “Ya saben que (sic) pasa cuando se eligen políticos lobistas. Cuidado con Barnechea y Guzmán.” A través del mismo medio, personalmente le requerí: “prueba que Julio Guzmán sea lobista Carlos. No seas irresponsable y no incurras en delito contra el honor.” Jamás lo probó y nunca me respondió.


2. En un hecho insólito en el mundo de la academia politológica, Meléndez defiende el proyecto de Mauricio Mulder de exigir que los partidos estén inscritos tres años antes de una elección para poder participar; proyecto claramente direccionado a quitar de la competencia a líderes nuevos como Julio Guzmán o Verónika Mendoza.

Meléndez se ha convertido en un académico con agenda política fujimorista. Parece que está naciendo una versión más sofisticada del “pensamiento Becerril”. Más sofisticada y con tinte académico, pero igual de maniquea y mentirosa.


Escrito por

Carlo Magno Salcedo

Abogado. Constitucionalista. Profesor de Ciencia Política (San Marcos) y Derecho (San Martín). Político. Cocinero. Cumbiero intelectual.


Publicado en

Cuestiones de la Polis

Derecho, sociedad, cultura y política en el Perú y en otras polis del mundo.