reconoce sus orígenes

El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Julio Borges, rompe en pedazos la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, que en la madrugada asumió las competencias del Legislativo. Foto: EFE

En Venezuela llueve sobre mojado

Publicado: 2017-03-30

El régimen venezolano, hace mucho tiempo, desde que el propio Hugo Chávez lo dirigía, dejó de ser democrático. Utilizando la terminología acuñada por Steve Levitsky, era un “autoritarismo competitivo”; un régimen político híbrido, situado a mitad de camino entre una democracia y un autoritarismo absoluto o dictadura abierta; que, aunque mantiene algunas formalidades democráticas, como la realización de elecciones, está configurado en los hechos, básicamente, como un régimen autoritario. Como señala Levitsky

A diferencia de otros autoritarismos, en el autoritarismo competitivo hay elecciones y la oposición compite seriamente por el poder. Pero la competencia no es justa. Las libertades básicas –de expresión y de asociación– no son plenamente respetadas. Los medios de comunicación son cooptados u hostigados por el gobierno. Y, sobre todo, el oficialismo abusa masivamente de los recursos del Estado. Las instituciones estatales –la burocracia, las FFAA, el Poder Judicial, las autoridades electorales, la Sunat– se utilizan como armas para debilitar a la oposición. Los periodistas y los políticos de oposición pueden ser investigados, procesados, y encarcelados o exiliados por causas “legales” como corrupción, evasión de impuestos o difamación. El abuso sistemático del Estado le da al oficialismo una enorme ventaja sobre la oposición. Como escribió Jorge Castañeda con referencia a México en los años 90, es “como un partido de fútbol donde los arcos son de distintos tamaños y un equipo tiene 11 jugadores más el árbitro y el otro equipo solo tiene seis o siete jugadores”.

Por cierto, como también refiere el mismo Levitsky, el pionero del autoritarismo competitivo fue Alberto Fujimori, que fue el primer presidente latinoamericano que cerró el Congreso, impuso una nueva Constitución, y abusó sistemáticamente de las instituciones del Estado para debilitar a la oposición. Es decir, fue el primero en establecer este tipo de régimen político híbrido. 

Frente a los hechos que vienen ocurriendo en Venezuela, algunos voceros del fujimorismo han señalado que no se puede comparar la disolución del Congreso de la República realizado el 05 de abril de 1992 por Alberto Fujimori, con la disolución de la Asamblea Nacional venezolana realizado anoche por el Tribunal Supremo controlado por Nicolás Maduro.

Concedo que, entre ambas disoluciones del parlamento, hay algunas diferencias. Hasta el 05 de abril de 1992, el régimen político peruano era plenamente democrático. En tal sentido, el autogolpe de Estado perpetrado por Fujimori, sin atenuantes, significó el quiebre del orden constitucional y el inicio de un régimen de facto. La disolución de la Asamblea Nacional venezolana, en cambio, no ha significado el quiebre de ningún régimen democrático porque, como se adelantó, el régimen político venezolano hace tiempo había dejado ya de ser democrático; por más que algunos partidarios nativos del chavismo a lo más que hayan llegado es a calificarlo de “democracia débil” o “complejo proceso venezolano”, en su afán de evitar condenar las sistemáticas y constantes tropelías de los autócratas Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Lo que ha ocurrido ahora en Venezuela, insistimos, no constituye el paso de una democracia a una autocracia (como en su momento sí significó el autogolpe del 05 de abril de 1992), sino es una más de las tantas evidencias del comportamiento autoritario y abusivo de un régimen antidemocrático. Es, por así decirlo, llover sobre mojado. Aunque, valga precisar, esta última lluvia es muy intensa y, en términos políticos, implica la consolidación del régimen autoritario venezolano, que ha dejado de ser un autoritarismo competitivo, hasta ayer, para convertirse, desde hoy, en un autoritarismo absoluto y desembozado, en una dictadura pura y dura.


Escrito por

Carlo Magno Salcedo

Abogado. Constitucionalista. Profesor de Ciencia Política (San Marcos) y Derecho (San Martín). Político. Cocinero. Cumbiero intelectual.


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Cuestiones de la Polis

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